A veces una comida cualquiera acaba explicando mejor la economía que muchos informes. Alguien se queja de lo que cuesta hoy una entrada de concierto. Otro responde que en 1996 tampoco se iba a tantos conciertos, ni se viajaba tanto, ni se cenaba fuera con la frecuencia con la que muchos lo hacen ahora. Los dos tienen parte de razón, pero la conversación interesante empieza justo después: no todo se ha encarecido igual. Algunas cosas se han vuelto casi ridículamente baratas. Otras han subido tanto que parecen pertenecer a otra economía.
Vivimos dentro de dos inflaciones. Una es la de los bienes fabricados, transportados y replicados a gran escala. Televisores, ropa básica, llamadas, datos móviles, vuelos de bajo coste, pequeños electrodomésticos, auriculares, juguetes, muebles planos, herramientas digitales. La otra es la de los servicios presenciales, escasos o aspiracionales: conciertos, fútbol, restaurantes, vivienda bien situada, cuidados, clases particulares, peluquería, parques temáticos, ocio familiar. En una, la productividad y la competencia han jugado a favor del consumidor. En la otra, la presencia humana, la localización y el estatus han empujado los precios hacia arriba.
La camiseta y el corte de pelo
El ejemplo más claro es casi doméstico. Una camiseta básica en 1996 implicaba algodón, hilatura, tejido, corte, costura, distribución y tienda física. Costaba 2.000 pesetas, unos 12 euros. Hoy puede venderse por 8, 9 o 10 euros, fabricada en una cadena global mucho más eficiente, con automatización, contenedores, software logístico, compras masivas y producción en países con costes laborales menores.
En cambio, un corte de pelo apenas ha cambiado. En 1996 podía costar 1.000 pesetas, unos 6 euros. Hoy ronda fácilmente los 18, 20 o 25 euros según ciudad y tipo de servicio. La peluquería no puede multiplicar por diez su productividad sin dejar de ser peluquería. Sigue necesitando a una persona, unas manos, un local, media hora y un cliente sentado. Puede mejorar el sistema de reservas o el secador, pero no convertir treinta minutos en tres sin destruir el servicio.
Eso es, en buena parte, lo que William Baumol y William Bowen describieron en los años sesenta con la llamada “enfermedad de los costes”. En sectores como manufactura, tecnología o transporte, la productividad puede crecer mucho. En otros, como artes escénicas, cuidados, educación presencial o servicios personales, la productividad avanza más despacio. Pero todos compiten por trabajadores en la misma economía. Si los salarios generales suben, los sectores menos productivos también tienen que pagar más, aunque produzcan casi lo mismo por hora. El resultado es que sus precios tienden a subir más que la media.
Un cuarteto de cuerda necesita hoy los mismos músicos y casi el mismo tiempo para tocar una pieza de Mozart que hace dos siglos. Un profesor particular sigue atendiendo a uno o pocos alumnos. Un camarero no puede servir infinitas mesas sin empeorar la experiencia. Un cuidador de mayores no puede cuidar a veinte personas con la misma atención que a dos. Lo que no puede escalarse sin perder calidad se encarece en una economía donde lo demás sí escala.
La tecnología abarató una parte enorme de la vida
La otra cara es espectacular. La electrónica de consumo se ha abaratado de forma difícil de imaginar. Our World in Data, con datos del Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos, recoge que el precio ajustado por calidad de los televisores ha caído alrededor de un 98 % desde 1997. Es verdad que estas mediciones incluyen ajustes hedónicos, porque un televisor actual no es comparable a uno antiguo: tiene más pulgadas, más resolución, menos consumo, conexión a Internet y prestaciones que antes habrían parecido ciencia ficción. Aun con ese matiz, el cambio es real. El acceso a una pantalla enorme, nítida y barata se ha democratizado.
Algo parecido ha ocurrido con las telecomunicaciones. En los noventa se pagaban llamadas, establecimiento, franjas horarias, módems lentos, SMS y tarifas que obligaban a vigilar el reloj. Hoy un usuario medio puede hablar, enviar vídeos, hacer videollamadas, escuchar música y navegar fuera de casa por una cuota mensual que, en términos de capacidad recibida, es incomparablemente más barata. No todo ha bajado en factura nominal, pero el precio por minuto, por megabyte o por servicio útil se ha hundido.
Los vuelos son otro caso. Ryanair, easyJet, Vueling y otras aerolíneas cambiaron el mercado europeo al convertir una escapada internacional en un producto de masas. El informe anual de Ryanair de 2025 recoge 200 millones de pasajeros y una caída del 7 % en la tarifa media durante ese ejercicio, pese a un entorno de costes complejo. Volar sigue teniendo picos caros, suplementos y costes ocultos, pero la idea de ir a Londres, Milán o Berlín por menos de lo que antes costaba una cena familiar habría sido extraña para muchos hogares de los noventa.
La paradoja es que esa abundancia se ha vuelto invisible. Nadie se emociona por tener un móvil que supera a ordenadores profesionales de hace treinta años. Nadie celebra que pueda ver miles de horas de vídeo, escuchar casi cualquier canción o hablar gratis por videollamada. Son mejoras tan integradas en la vida diaria que han dejado de parecer riqueza. En cambio, la entrada del concierto, el alquiler, el restaurante o el colegio extraescolar duelen cada mes porque se pagan en el presente y no parecen tener sustituto perfecto.
Las experiencias se han convertido en bienes posicionales
Hay otra capa encima de Baumol: el estatus. Pine y Gilmore hablaron en 1998 de la “economía de la experiencia”, una idea que entonces sonaba a marketing avanzado y hoy describe una parte enorme del consumo. Cuando casi todo el mundo puede comprar una televisión grande, unas zapatillas decentes o un móvil competente, la diferenciación se desplaza hacia lo vivido: el concierto, el viaje, el restaurante, el festival, el palco, la foto, el hotel singular, el parque temático, el evento que otros no han podido conseguir.
La oferta de esas experiencias es rígida. Taylor Swift solo puede hacer un número limitado de conciertos. El Bernabéu, el Metropolitano o cualquier estadio tienen asientos finitos. Un restaurante de moda no puede duplicar mesas sin cambiar la experiencia. Un parque temático tiene capacidad máxima por día. Un profesor bueno tiene horas limitadas. Cuando la demanda crece y la oferta no puede expandirse sin perder valor, el precio sube.
El caso de los conciertos internacionales lo muestra bien. Bruce Springsteen vivió en 2022 una fuerte polémica por la venta de entradas con precios dinámicos que llegaron a superar los 5.000 dólares en algunos casos. La discusión no era solo musical: era económica. Ticketmaster y los promotores defendían que el precio reflejaba la demanda real, mientras muchos fans percibían que se rompía un pacto cultural.
Taylor Swift vivió otro ejemplo distinto con The Eras Tour. En su caso, la controversia estuvo marcada por la enorme demanda, los bots, los fallos de Ticketmaster y el debate político posterior en Estados Unidos. Live Nation llegó a comparecer ante el Senado tras un caos que mostró una realidad incómoda: cuando una experiencia global tiene demanda muy por encima de la oferta, el mercado encuentra formas de encarecerla, ya sea por precio dinámico, reventa o colapso de acceso.
Los parques temáticos siguen la misma lógica. Las entradas de Disney han subido durante décadas por encima de la inflación general en muchos periodos, al tiempo que la compañía introducía precios variables por fecha, paquetes, pases rápidos, hoteles y servicios adicionales. No se paga solo por montar en atracciones; se paga por entrar en un espacio escaso, con marca, memoria familiar y valor simbólico. Britannica recoge que, entre 1996 y 2025, el precio de la entrada a parques temáticos creció aproximadamente al doble del ritmo del IPC en Estados Unidos, mientras los conciertos se dispararon con especial fuerza tras 2020.
Lo que se puede fabricar baja; lo que se debe vivir sube
La frontera no siempre es perfecta, pero ayuda a entender el malestar. Comprar una camiseta, una televisión o una maleta se ha abaratado porque la industria ha encontrado formas de producir millones de unidades con menos coste por unidad. Ir a cenar no funciona así. Un restaurante puede digitalizar reservas, ajustar turnos o comprar mejor, pero sigue pagando alquiler, energía, personal y producto fresco. Si el local está en una zona demandada, el suelo también entra en el precio.
Lo mismo ocurre con una clase particular. La tecnología permite grabar cursos y venderlos a miles de alumnos, pero una hora de matemáticas con un buen profesor para un niño concreto sigue siendo una hora. Puede darse por videollamada, pero no multiplicarse infinitamente. Por eso conviven cursos online baratos con clases privadas cada vez más caras.
Los cuidados son el ejemplo socialmente más delicado. Cuidar a un bebé, a una persona dependiente o a un mayor no admite aumentos radicales de productividad sin consecuencias humanas. Si se encarece la mano de obra, se encarece el servicio. Si se abarata demasiado, suele ser porque alguien trabaja en condiciones precarias. La enfermedad de costes no es solo una curiosidad académica; está detrás de buena parte del debate sobre guarderías, residencias, sanidad, dependencia y conciliación.
La vivienda mezcla varias fuerzas a la vez. No es una experiencia, pero sí es un activo localizado y escaso. Un piso en una zona demandada no puede fabricarse en masa en otro continente y traerse en contenedor. Su valor depende de suelo, permisos, ubicación, financiación, expectativas y renta disponible de otros compradores. Por eso el Banco de España sitúa el esfuerzo de compra cerca de los ocho años de renta bruta disponible por hogar, niveles que explican por qué muchos jóvenes sienten que ganan en tecnología lo que pierden en vida material básica.
La inflación media oculta vidas muy distintas
Cuando se dice que la inflación ha sido del 3 %, del 4 % o del 8 %, se habla de una cesta promedio. Pero nadie vive en el promedio. Una persona que ya tiene vivienda pagada, consume mucha tecnología barata y viaja comprando con antelación puede sentir que vive mejor que nunca. Una familia joven que alquila, paga guardería, necesita coche, compra entradas para dos niños y cena fuera de vez en cuando puede sentir que todo se ha puesto imposible.
La inflación media no distingue bien entre lo replicable y lo irrepetible. Tampoco entre lo necesario y lo aspiracional. Un móvil barato puede ser extraordinariamente potente, pero no compensa que el alquiler suba. Una televisión de 55 pulgadas por 400 euros mejora la vida doméstica, pero no sustituye ir al fútbol con un hijo si esa era la experiencia deseada. Ahí nace la sensación de contradicción: nunca se ha tenido acceso a tantos bienes baratos, y nunca ha parecido tan caro participar en ciertas formas visibles de vida social.
El debate sobre “antes se vivía mejor” suele quedarse corto porque mezcla planos distintos. En 1996 había menos tecnología, menos vuelos, menos oferta cultural global y menos comodidades digitales. Pero algunas metas centrales, como vivienda, estabilidad laboral o ocio familiar básico, podían estar más cerca para ciertos hogares. Hoy hay más abundancia en bienes replicables y más escasez en bienes posicionales.
La conclusión no es que todo sea peor ni que todo sea mejor. Es que la economía se ha partido. Donde han entrado productividad, escala y competencia global, el salario compra muchísimo más. Donde siguen mandando tiempo humano, suelo, marca, escasez y presencia física, el salario compra menos.
Por eso la frase “ya no se puede hacer nada” es exagerada, pero no absurda. Sí se pueden hacer muchas cosas que antes eran impensables: viajar barato, aprender gratis, comprar tecnología potente, montar un negocio digital, comunicarse con cualquiera, ver cine en casa con calidad enorme. Lo que se ha encarecido es otra cosa: estar allí. Estar en el concierto, en el estadio, en el restaurante, en la ciudad deseada, en la clase con el profesor bueno, en la vivienda cerca del trabajo.
La inflación de nuestro tiempo no solo mide precios. Mide qué partes de la vida se han convertido en abundantes y cuáles se han vuelto escasas. Y esa radiografía explica mejor que muchos discursos por qué alguien puede tener un móvil extraordinario en el bolsillo y, al mismo tiempo, sentir que salir una tarde con su familia se ha convertido en un pequeño lujo.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa vivir dentro de dos inflaciones?
Significa que algunos bienes han bajado mucho de precio relativo gracias a productividad, tecnología y escala global, mientras muchos servicios presenciales o experiencias han subido por encima del salario medio.
¿Qué es la enfermedad de costes de Baumol?
Es una teoría que explica por qué ciertos servicios suben de precio aunque no mejoren mucho su productividad. Si requieren tiempo humano difícil de automatizar, sus costes aumentan al ritmo de los salarios generales.
¿Por qué los conciertos y el fútbol se han encarecido tanto?
Porque son experiencias con oferta limitada y demanda muy alta. Un artista solo puede actuar ciertas noches y un estadio tiene asientos finitos. Si además hay reventa, precios dinámicos o valor de estatus, el precio sube más.
¿Por qué la tecnología parece cada vez más barata?
Porque la fabricación electrónica, el software, la logística y la competencia global han multiplicado la productividad. Un televisor, un móvil o una conexión de datos ofrecen hoy mucha más capacidad por euro que hace treinta años.








